martes, 18 de abril de 2017

Crónica de una Semana Santa anunciada

    Mis queridos lectores disculparán mi ausencia de este espacio durante una semana que los redichos operadores turísticos insisten en llamar "de Pasión", cuando la pasión es de todo tipo menos religiosa. No tenía yo mayor plan que el de visitar a mi familia y zamparme unos churros, y resulta que se me ha aparecido el verano (a falta de la Virgen) que es una aparición agradecida para los que vivimos en el Norte y preocupante desde el punto de vista del cambio climático. Aquí les dejo la crónica de un mini verano incrustado entre dos inviernos.

    Domingo de Ramos: viajo en avión sin facturar el equipaje, supuestamente para mi comodidad y para ahorrar tiempo. Resulta que viajar con una maleta de mano es una lucha grecorromana a la hora de embarcarse que, muchas veces se salda con el envío de la maleta de mano a la bodega del avión, lo cual anula el propósito inicial. La vida del turista, incluso la del pasajero frecuente, es dura.

   Lunes: voy a recoger a mi señora madre a la estación de autobuses pensando que,  visto el jaleo que había en los dos aeropuertos por los que transité el día anterior,  sería un lugar apacible: craso error de apreciación porque la estación de autobuses es un lugar tan concurrido como un festival de música tecno y por todo tipo de público, entre el que abundan las señoras mayores con maleta de ruedas que no dudan ni un minuto en llevarte por delante si te cruzas en su línea de llegada. Así fue, y aún me duele un tobillo del arreón que me propinó una de ellas.

    Martes: nos vamos de excursión al Valle del Jerte, pensando que como es día laborable, habrá poca gente y los madrileños aún estarán velando sus armas sin lanzarse al asalto de las provincias. En la carretera fotografiamos un cartel señalizador donde han escrito una pintada que dice "haz algo bueno al día o cállate". Gracioso, no? Constatamos que medio Madrid ya ha tomado posiciones en el Valle del Jerte y que volvemos a incurrir en un error de apreciación.

    Miércoles:  estamos a casi 30° y en mi paseo matutino me entra la sed y me acerco a un chiringuito de la orilla del río a comprar un botellín de agua que el camarero me regala porque dice que inauguran ese mismo día y que no han puesto a funcionar la caja; me hubiera regalado igualmente un Gin-Tonic? Me quedo con la duda, pero no le pido el Gin-Tonic para no volver a errar en mis apreciaciones.   Por la tarde vamos a ver "El bar", porque mi marido y yo somos fans de Alex de la Iglesia, que tiene a partes iguales bodrios y películas buenas. Ha habido suerte, ésta es de las buenas.

    Jueves Santo: es un lío de día. tradicionalmente festivo y de tiendas cerradas e iglesias abiertas. Desde que Ikea, Decathlon y el Corte Inglés se apropiaron de las ciudades, resulta que las tiendas abren, unas sí y otras no. Me pregunto qué criterio utilizarán sus dueños para abrir: religioso? económico? En España con estas cosas nunca se sabe, yo diría que se trata de vender, pero capaces son de rebatirmelo; los españoles siguen teniendo poca cintura cuando se trata del debate religioso. Por la noche ponen "Los Diez Mandamientos" en la tele (eso sí que no falla) que es cine de cartón piedra pero con escenas memorables que Ridley Scott no supo reproducir cincuenta años después en la fallida "Exodus". Aún me asombra la escena en la que los esclavos ponen en pie el obelisco del faraon y la vieja se queda atrapada por el cinturón bajo un bloque de piedra.




    Viernes Santo: mientras desayuno escucho como gran noticia mañanera la estampida de la "madrugà" de Sevilla y allí, en la apacibilidad de mi café y mi balconcito castellano, me digo que si a mí me pusieran en una ciudad en la que en un momento dado hay 10.000 nazarenos desfilando simultaneamente, con todas sus vírgenes y sus cristos sangrientos y todas sus cornetas y tambores, lo mismo la estampida la provoco yo misma. Nos vamos a la Sierra (donde no cabe un alfiler) a comernos un cabrito antológico. Definitivamente, la vida del turista es dura porque vamos todos a los mismos sitios en el mismo momento, y no  cabemos.

    Sábado de Gloria: reto a cualquier españolito medio a que me demuestre que vive sumido en una crisis económica tremenda. En mi ciudad no se puede dar un paso, las tiendas rebosan, los monumentos crían colas y los restaurantes no tienen mesa libre hasta el lunes de Pascua. "Y luego dirán que no hay dinero";  la frase pertenece a la antología tradicional de mis padres y mis abuelos, pero acabaré usándola hasta yo!

   Domingo de Resurrección: mi hermana nos prepara uno de sus famosos y suculentos cocidos; no sé si se aparecerá Jesucristo o alguno de sus discípulos en los  kilómetros y kilómetros que voy a tener que correr para bajar todo lo engullido...Y en ésto no hay error de apreciación, es verdad. Lo de los kilómetros, digo.

   Lunes de Pascua: viaje de vuelta y vuelta a la pelea con la maleta de mano. Para mañana amenazan granizo: no hay duda alguna, he vuelto a casa.



sábado, 8 de abril de 2017

Terapia a medida

    Los sábados soy taxista de familia, y entre idas y venidas y portes varios, tengo mucho tiempo para escuchar la radio.  He llegado a la conclusión que los sábados sale por la radio cualquiera que tenga una teoría sobre asuntos variados y quiera contarla, y que esta teoría versa casi siempre sobre nutrición, medicina alternativa o búsqueda de la felicidad. Es más, esta mañana he escuchado a un tipo que juntaba las tres cosas en un engendro que se llama "Buda bol" (o Buddha bowl en el original). No le he hecho mucho caso porque para mí la alegría nutricional (y buena parte de la existencial) se resume en una santísima trinidad compuesta de gazpacho, jamón de pata negra y churros; trinidad ésta por la que estoy dispuesta a matar que no a morir matando, como les ocurre a otros que piensan que aún hay vírgenes esperándoles en el paraíso.

   A medida que se agrupaban los trayectos de coche el del bol de Buda le dio paso a la de redecorar la casa para alinearse con los espíritus (no sé si bueno o malo) y si hago memoria, recuerdo que otros sabidos he oído hablar de teorías de todo tipo sobre si es bueno salir de noche o es mejor quedarse todo el fin de semana en casa; sobre si la fruta va antes que los cereales o viceversa (parece ser que hay gente que no tiene el tubo digestivo como el común de los mortales y los alimentos se van cediendo el paso unos a otros como en un cruce de caminos); he aprendido que existe la risoterapia la luminoterapia, la reflexoterapia; que hay gente que se va a la India para que le den un masaje unas serpientes y otros que se beben su propia orina porque es depurativa (orinoterapia, supongo) y que en  todas estas teorías y terapias, habrá quien tenga fundamento y, sobre todo, habrá muchos que se enriquecerán a costa de la tontuna humana.

    Yo me he criado en un recio hogar castellano donde si te dolía algo, incluida el alma, te decían que te tomaras un vaso de leche con una aspirina, y a otra cosa mariposa. No niego que el sufrimiento de las personas a veces sea muy fuerte y, por supuesto, no reparable con una simple aspirina; pero también supongo que desde la atalaya privilegiada en la que la edad me está colocando, puedo decir que en en mundo de las terapias extravagantes, hay  mucho caradura suelto.

    Ya de puestos, voy a ejercer de caradura los cinco minutos que les quedan a ustedes para acabarse estas líneas: practiquen la "amigoterapia", les aseguro que funciona. Ayer, sin ir más lejos, después de un día para borrarlo del mapa, lo único reseñable es que desayuné con mi vecina (y sin embargo amiga) y cené con otro querido grupo de amigos en un restaurante napolitano donde el dueño, simpático como pocos, acabará siendo un amigo a poco más que frecuente su garito. Esta misma semana, apareció por mi casa una amiga muy querida a quien no veíamos desde hace catorce años;  y en  pocos días estaré con los amigos de mi tierra comiendo y bebiendo y compartiendo risas y confidencias de la edad madura;  y si hay algo que me duele en este momento es la lejanía de muchos otros amigos muy queridos a quienes llevo años sin ver. Yo soy una enamorada de la vida y de mis amigos, de los muchos que la han hecho más interesante, más variada y más soportable y que, sobre todo, me ahorran el tener que recurrir a terapias extravagantes o comer cosas raras para sentirme bien. Les dejo una canción, amigos lectores, que hace mucho que no lo hago.