domingo, 23 de julio de 2017

No son tan listos

    Creemos que el futuro va a estar en manos de una generación de criaturas desenvueltas, espontáneas y plurilingües, educados en más o menos buenos colegios, deportistas, tolerantes y crecidos en democracia. Criaturas que no sólo no han pasado hambre sino que tampoco la pasaron ni sus padres ni sus abuelos; que han veraneado desde pequeños y han nacido con España dentro de la Unión Europea y el Euro llenando sus bolsillos. Niños que saben manejar todo tipo de dispositivos electrónicos, más o menos inteligentes (los dispositivos) que han puesto un pie en el extranjero varias veces y presumen de saber de casi todo; que han probado la comida japonesa antes que el bocadillo de calamares y hacen compras por Internet sin saber ir a buscar un mero a la pescadería. Hijos de un Occidente adormecido  y menguante que no sabe como enfrentarse a los hijos de un Oriente conflictivo y creciente. 

    Creemos que son estos chicos, ágiles, delgados, bien vestidos (dicen  ellos) que saludan en tres idiomas pero escriben el suyo con enormes faltas de ortografía, los que tendrán que salvar el planeta de las garras del agujero de ozono, remediar la superpoblación, acabar con el hambre en Africa y parar las migraciones; los que tendrán que dilucidar si la oveja Dolly es viable en versión humana, si es posible seguir fabricando coches y envases de plástico al ritmo que lo hacemos y si realmente la democracia, como dijo el viejo Churchill, es el menos malo de los sistemas de gobierno. 

    Pensamos ingenuamente que, como han recibido la mejor formación posible, estudiado sin tener que trabajar y heredado de sus mayores cierto bienestar económico, son ellos los que harán lo posible para que las generaciones venideras puedan disfrutar de otro tanto. Pensamos que son listísimos, porque son ellos los que descargan el Netflix (aunque lo paguemos nosotros) y nos arreglan el móvil cuando se atora en una de sus miles de pantallas; o porque todos quieren ser ingenieros aeronauticos o expertos en matemáticas financieras (y ninguno maestro, qué casualidad) carreras de las que más de uno sale escaldado por no reconocer que lo que le gusta de verdad es la filosofía o la historia. Pues bien, queridos lectores y amigos todos, vengo a anunciarles una mala, incluso malísima noticia: no son tan listos. 

    Estos adolescentes que parecen comerse el mundo no se leen más que un libro al año y eso, porque se lo mandan en el colegio. Como no leen, no saben escribir, o lo hacen  con faltas de caerse de espaldas; y como no saben escribir, tampoco saben expresarse en público ni tienen las ideas claras. La mayoría de ellos no saben sacar las ideas principales de un texto y expresiones como "domiciliar un pago" , "recurrir una sentencia" o "hacer un glosario" les parecen frases extraídas de una conversación entre marcianos. Viajan mucho,  pero no llegan a ver la diferencia entre una reserva de avión y la tarjeta de embarque, desconocen las calles de sus ciudades  y los teléfonos de sus casas, y son incapaces de retener cualquier fecha, sea la de la Revolución francesa o el cumpleaños de sus padres; miran el correo electrónico una vez al mes y mejor no les pidan ustedes que les envíen un mensaje con un fichero adjunto. Cuando viene el cartero a traer un correo certificado se ponen nerviosos porque piensan que a casa lo único que llegan son paquetes de Amazon que han encargado con cargo a unas Visas que no son las suyas. Lo dicho: no son tan listos.

    No,  señores, no son tan listos y lo peor, me temo que viven en un atontamiento permanente que ellos no perciben. Los aparatejos que llevan en sus manos mañana, tarde y noche, contribuyen largamente a crear esta generación de idiotas, en la que incluso los que llegan a ingenieros llevan aparejado el gen de la tontuna. El cafre de Millan Astray proclamó ante Unamuno "Muera la inteligencia"...Algo debió de quedar flotando en el ambiente desde entonces. Así son ellos, no sólo no tan listos sino además, bastante tontos.

jueves, 20 de julio de 2017

Mandados y mandones

    Facebook me ha recordado esta mañana cuando me iba a trabajar, que hace exactamente un año no sólo no trabajaba tal día como hoy sino que, además,  estaba subida a un helicóptero sobrevolando el cañón del Colorado...A veces habría que pedirle a Facebook que se ahorrara ciertos recordatorios, pues según te pillen con el paso cambiado, o se te saltan las lágrimas de emoción, o te dan ganas de tirar el aparato con su correspondiente pantalla a la basura. 

    No es peor mi condición este año que la del pasado, es simplemente otra cosa. Desde que habito en un nido vacío, me doy cuenta que hago, casi casi lo que me da la gana (con la salvedad de las horas laborables) y eso es toda una nueva sensación para mí. Porque a pesar de una cierta (e inmerecida ) fama de mandona que tengo entre mis seres queridos, resulta que no mando nada y encima, soy una perfecta mandada. Mi abuelo Clemente (un gran mandón por cierto) decía que no había nada más cómodo en este mundo que hacer lo que te mandaban otros que hicieras; porque para obedecer sólo hay que tener disciplina y mandar implica quebrarse la cabeza y pegar gritos, operaciones ambas un tanto desagradables.

   Hoy a la hora de comer, he compartido mesa (sin mantel) y confidencias con dos amigos con los que hemos rehecho el mundo y hablado de esa eterna adolescencia que empieza a los trece años y se acaba a los treintantos. Hemos hablado de esos adolescentes que nos obsesionan y no entendemos a pesar de lo que nos esforzamos en ello y creo que ahí radica la diferencia entre ellos y nosotros cuando éramos adolescentes y, probablemente nuestros padres tampoco nos entendían: nuestros padres no se esforzaban lo más mínimo por entendernos porque daban por hecho que mandar (como ellos mandaban) era suficiente y que nosotros obedecíamos, en espera de que algún día nos tocase mandar. Entonces el mecanismo era simple y ahora es complicado, y no sé si de esta complicación también le podemos echar la culpa a Internet.

   Nuestros adolescentes no aspiran a mandar, y quizás ahí radique buena parte del problema. Sólo aspiran a que les dejen hacer lo que les de la gana, algunos con esa molesta coletilla de "y qué pasa,  si no le hago mal a nadie".No aspiran a dar su opinión porque muchos de ellos pasan de votar, que ya es una manera de opinar y no quieren dirigir este mundo incierto y raro que se nos avecina sin comprender que si no lo hacen ellos, los que mandan  ahora, que ya son viejos, se perpetuarán en la poltrona de donde no habrá nadie que los desaloje. Y quizás entonces vean que obedecer, en contra de lo que decía mi abuelo, a veces no ni tan fácil ni tan agradable. Si esto es lo que nos ha traído el perroflautismo generacional, casi casi que estoy por evocar los gloriosos tiempos del Domund y los ejercicios espirituales.

    En estos apacibles días de nido vacío, en los que me encuentro rara por el simple hecho de hacer lo que quiero unas cuantas horas al día me pregunto qué se les pasará por la cabeza a estos chicos que aspiran a hacer lo que les da la gana a cualquier hora (eso sí, sin hacer mal a nadie) sin rendir cuentas, sin mandar y sin que les manden...Les deseo a todos fervientemente que despierten de su sueño y pongan los pies en la tierra antes de que venga un señor bajito y con bigote, o simplemente bajito y calvo, o con barba y vestido de chandall, o hasta con barba de medio metro y turbante y les diga cada día de sus vidas qué es lo que pueden y no pueden hacer...Y yo espero no vivir para verlo!